2014/10/01

Canelo

Entre un sol de quiero, pero las nubes no me dejan, pues se meaban como el que no se puede contener, transcurrió un paseo fotográfico por la naturaleza sugestiva de Cagoira,  un lugar aún no pútrido por la acción del hombre, aunque ya se había encargado éste de llenar de puentes entre valle y ría, para adornar el paraje de construcciones, ya ruinosas, de una supuesta edad media normanda.

Sorprendentemente, un nadador contra corriente subía el río en un esfuerzo descomunal. Hubo unos minutos titánicos, de lucha contra el molino de viento en que se había convertido el agua, que le impedía avanzar un solo milímetro. Desesperaba verlo, ¡tanto esfuerzo innecesario con riesgo de ahogo!

La tensión se respiraba en las nubes, que  oscurecían el día a un negro cargado de lluvia inminente, mientras un ligero viento frío barría el suelo zarandeando las hierbas altas, hasta que tras unos minutos, una tenue luz de sol empezaba a romper la oscuridad sobrevenida.  Por fin, se pudo ver un avance cada vez mayor en la brazada de esa férrea voluntad, puesta en un empeño de gran nadador, liberándonos así de la angustia de un éxtasis contemplativo que no daba crédito.

No es que fuera confiado, pero el lugar, la bondad de sus gentes y el poco tiempo que pensó pasar en ese, a pesar de todo, paradisíaco espacio, le dio pie al abandono del bolso en el interior del vehículo en que viajaba. Sólo una pareja se le cruzó en el camino, pero hubo otra más que le quebró el día. El aprendiz de brujo no supo leer el tiempo que la naturaleza le mostraba, los hechos que sobre él se agolpaban y que a gritos le declamaba. Seducido por el alba, subyugado en la mañana, robado al medio día, tanto se extasió que canelo atardeció.


© Samier 2014 10 01

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